Ustedes saben que este pisco que suelo tomar a veces produce un efecto curioso: tal parece que el pensamiento se acelera a velocidades desconocidas en la cotidianeidad, produciéndose una más que apreciable cantidad de ideas en poco tiempo. Uno piensa tan rápido que siente que la mente corre más veloz que uno mismo.
Baletta Cypatha calla y mira. Se adivina en el brillo de sus ojos, malvado como el choque entre dos sables, la risa sincera, cruel, pedante, curriculante y convencida detrás de las palabras del sabio.
Bueno, que luego de mucho meditarlo yo he descubierto que quizá el caso sea otro.
¿Qué dirían si yo les confiara que los pensamientos no van más rápido, sino que es el tiempo el que pasa más lentamente…? Así, pensamos a la misma velocidad de siempre, pero… ¡Pero! Los instantes se suceden tan despacio que logramos intercalar entre ellos una formidable cantidad de ideas, o al menos, digamos imágenes y conexiones escandalosamente convincentes.
¿Y si les dijera, ahora, que suceden las dos cosas juntísimas y en proporciones variables?
Los ojos del sabio daban miedo- pero era lo único.
¿Y si les digo entonces que no importa nada de nada lo que pase realmente, y que tampoco importaba antes?
El maestro miró a las montañas, volvió a sus discípulos y se obsequió con un gesto triunfal que nadie estuvo seguro de entender bien:
¡JA!
Así habló Baletta Cypatha.
